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Microcuentos Certamen Harry Dresden

En "Leer Más" podréis ver los microcuentos presentados para el concurso de Harry Dresde. Justo debajo el enlace, tal cual, aparece un enlace dentro de la palabra "Me gusta" que os llevará a la página de facebook de esta casa de cada microcuento por si les queréis dar el voto. Hasta el jueves a las 9 día 3 de mayo de la mañana tendréis para "gustar" a partir de ahí recuento, salvación y ganador.

Bases del certamen




X.1: La hogaza de pan.

El niño estaba llorando. La hogaza se le había caído de las manos cuando uno de los mayores lo empujó y había ido a parar a un charco. Ahora, el trozo de pan estaba sucio y mojado, y no se lo podía comer. Era el primer bocado que llegaba a sus manos desde hacía varios días. Las reglas habían estado siempre claras, primero los mayores y, si sobraba algo, se repartía entre los más pequeños. Fue una suerte que le tocara a él. Pero ahora, su oportunidad se vio truncada.

Becca no pudo aguantar más aquella actitud y espantó a los matones causantes de aquello. El niño, aún así, no se sintió aliviado y la miraba con desconfianza. La joven se acercó al charco, cogió el pan y pronunció unas palabras en un leve susurro. De pronto, la hogaza se iluminó. Cuando la luz desapareció ésta volvía a estar seca y tierna.

-Este debe ser nuestro pequeño secreto -le confió al niño mientras se la acercaba.

La muchacha le guiñó un ojo y el niño sonrió. Después, salió corriendo para disfrutar de su repentina fortuna.

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X.2: La Torre

Traspasó las puertas de la ciudad, realizó un gesto con las manos pronunciando arcanas palabras. Sintió en su interior un mapa de la ciudad, encendido en su cabeza; en él, cientos de luces titilaron. Eran personas cercanas, especiales. Verdes pálido a intenso, aquellos que tenían poder, pero quizás no lo supieran. Azul celeste a marino, poder infrautilizado con hechizos como recetas de cocina. Naranja, desde melón hasta mandarina, la magia sagrada, como todas más oscura cuanto más fuerte. Rojo, verdadero poder mágico, quién tiene poder y comprende en su ser la naturaleza de la magia... él mismo se veía como un foco cayena. Y aquí y allá, destellos blancos; la primera vez que los veía. Era el color de los que disponían de objetos multiplicadores de poder. Magos, druidas, sacerdotes o videntes, se unían si usaban esos vivos cristales, esos cristales vivos. Detectó varios grupos, de cinco o seis en algunos casos y sólo tres magos solos. Y una gran zona blanca, un deslumbrante lugar en el oeste y otro aún mayor al sur, en la montaña de fuera de la muralla: era la Torre suprema de la Magia. Su Destino.

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X.3: EL MENDIGO Y EL AGENTE

"Soy un modesto ladrón, un mendigo en mis tiempos libres, un caminante durante la noche y un borracho durante el día. ¿Mi adversario? Un Agente. Lleva horas persiguiéndome, frente a todo su arsenal he preferido escoger un lugar público: el mercado.

¿La gente? Su imaginación es tan corta que no puede ver más que a dos hombres enfrentados, quizás algún chaval vea que él ha empezado a moverse, si la tele no le ha comido el seso, probablemente también distinga su creación: un dragón de fuego.

El fuego es el medio de propagar su imaginación: un mechero o una cerilla. Respecto al dragón, bueno, tiene pinta de ser un novato con la mala suerte de haberse topado conmigo. Solo tengo que ver si es producto de su mente o lo ha sacado de... ¿ese cartel? Mira como se deshace tu marioneta y observa el verdadero poder de la imaginación."

El mendigo deja caer el tetrabrik cuyo contenido se extiende como una mancha roja de sangre. La cerilla que ha utilizado para encender el cigarro cae, del charco se levanta un demonio japonés, su contrincante intenta buscar las hebras con las que él ha creado su samurai. No las encuentra. Muere.

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X.4: Carl tenía que llegar pronto a la ciudad. Él era un mago de asfalto, ladrillos y electricidad. No tenía que haber abandonado su lugar de poder, pero necesitaba los malditos componentes. Odiaba aquellos viejos rituales que siempre pedían cosas difíciles de obtener, como raíces de plantas casi extintas, pero esta vez necesitaba de uno para su hija enferma. Desafortunadamente, el único árbol de ciruelo azul estaba protegido por un demonio y en medio del campo.

Había recolectado uno de los frutos sin problemas, pero el pérfido ser se puso a perseguirlo nada más salir del bosque. Los poderes de ocultación de Carl duraban menos tiempo fuera de su habitat, y ahora tenía graves problemas.

Estaba a menos de diez metros del cartel que iniciaba el principio de la ciudad, cuando el demonio se lanzó sobre él. Lo hirió de múltiples formas, pero no lo mató, regodeándose en todo lo que le iba a hacer a aquel estúpido que había robado lo que protegía. Un innecesario golpe mandó al mago más allá de la señal.

-Has cometido un error -dijo el hechicero-, ahora estás en mi territorio.

La ciudad respondió a sus órdenes tragándose al demonio. Carl había vuelto a casa.

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X.5: Auras

Algunos lo llamarían don, otros una maldición. Mis padres se inclinaron por la esquizofrenia. No les culpo. Ni yo mismo estoy seguro de cómo lo llamaría.

Una pareja joven pasa delante de mí, mientras un hombre de negocios los observa desde el semáforo. Su aura se revuelve con remolinos de un amarillento bilioso. Es envidia. Lo que no sabe es que la pareja acaba de discutir y probablemente no durarán mucho tiempo juntos. Sus auras están rojizas de ira, con tintes anaranjados de culpabilidad.

Yo no pedí este poder.

Un balón golpea mi pie. Un chiquillo de apenas doce años corre a recogerla y me dirige una fugaz disculpa antes de salir corriendo hacia el parque. Alrededor de él revolotea un aura pura, blanca y azul. Es como un soplo de aire fresco en medio de la polución.

Tal vez sea un buen día.

Por casualidad mi vista se para en un hombre que observa a los niños con una sonrisa disimulada. Una burbujeante masa negra se retuerce en su aura alrededor de su cintura.

No va a ser un buen día. Hoy me toca trabajar.

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X.6: Pureza

Diez meses desde que encontró el libro del ritual. Reunir cucarachas, moreras y demás componentes de la poción fue fácil. Era la virgen adolescente lo que le entretuvo. ¿Dónde las habría en aquella ciudad? ¡Si no quedaba ni una! ¿Cómo asegurarse?

Estuvo meses siguiendo a opusinas hasta comprender que perdía el tiempo. Casi se había rendido cuando conoció a Nuria. Tres meses de darle carrete hasta que hablaron de sexo.

A sus quince años nada, confesó ella. Esa noche la sedó y llevó sobre su hombro hasta el sótano. ¡Por fin el demonio le obedecería y se vengaría! ¡Nadie le respetaba y lo pagarían! Primero sus padres y luego profesores, familiares y compañeros de instituto.

Tras beber la asquerosa poción y recitar la arcana e impía retahíla colocó a Nuria en el pentáculo. Mientras el demonio comenzaba a formarse, la degolló y recogió un vaso del virginal fluido. Lo bebió y encaró al demonio, quien soltando una sonora carcajada le decapitó con sus garras.

-Ahora tu alma será mía por toda la eternidad, ¡so idiota! Mira que pensar que una chica mantenía su inocencia por ser virgen. Entre internet y la MTV, esa guarra era ya puro pecado.

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X.7: El portal

El viento agitaba violentamente su chaqueta desgarrada. La mole oscura de los edificios se erguía sobre él, ominosa, testigo mudo de lo ocurrido. A lo lejos, la alarma de algún coche destrozado resonaba agónica por las calles ahora desiertas. Olía a ozono y el aire restallaba a su alrededor, sacudido aún por la energía brutal que se había desatado minutos antes. Pero él se mantenía erguido, el brazo izquierdo colgando laxo al costado, recorriendo con su mirada el desolado paisaje en que se había convertido toda la manzana. Observó atentamente el cuerpo oscuro e inerte que yacía junto a la abertura dimensional ya casi desvanecida. Sabía que no había forma de ocultarlo. No existía magia capaz de solucionar aquello. Pero ya no importaba. Nada importaba. Había sellado el portal. Los había salvado a todos. A todos. Había vencido. A pesar de las lágrimas, a pesar del dolor que le torturaba, sonrió. Sonrió francamente. Una sonrisa radiante, luminosa, en medio de aquel lugar oscuro y decadente. Y se derrumbó. Ni todo su poder había sido capaz de evitar que aquella bala le destrozase los pulmones. Y mientras un charco oscuro se extendía despacio a su alrededor, el mago murió.

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X.8: EL ESPEJO

Después de realizado el encantamiento, la imagen que había conjurado a través del espejo le respondió. Eso no fue lo que le sorprendió, pues era lo que esperaba, para eso la había invocado; no, lo que le extrañó fue que le contestara en su mismo lenguaje, pues estaba preparado para tener que traducir un lenguaje invertido, como la imagen reflejada en el espejo. Era lo que ponía en todos los libros de hechicería y encantamientos que había consultado, en todos los tratados de magia y brujería, en la totalidad de los textos de nigromancia y ocultismo de los que había podido disponer; todas las fuentes a las que había tenido acceso para preparar el conjuro corroboraban este hecho. Por eso, la sorpresa del momento le impidió reaccionar adecuadamente, y eso fue su perdición; la imagen alargó el brazo, lo tomó de la pechera del traje, y lo introdujo en el espejo con ella.

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X.9: Tristán corría portando bajo la capa un orbe de color inusual.

Caspian, su maestro le estaba esperando desde hacía ya casi una hora y no era un hombre conocido por poseer demasiada paciencia.

-¿Lo traes contigo? -le preguntó el mentor a lo que el joven aprendiz asintió como toda respuesta -Excelente. Si estás listo para robar un huevo de dragón sin salir arbonizado, estás preparado para ser un Mago con todas sus consecuencias. Acércalo al altar.

Tristán acercó el huevo y vio como Caspian cogía una daga afilada y la levantaba hacia lo alto dispuesto a dejarla caer encima del cascarón.

Al joven le recorría un sudor frío. ¿Eso era necesario realmente para convertirse en un mago? ¿Matar a un pequeño indefenso dragón nonato?

Se debatía entre proteger el huevo que tanto le había costado conseguir o permanecer quieto y observar el ritual. Cuando el Maestro comenzó a bajar el cuchillo, el joven no lo soportó más y se avalanzó sobre el orbe para protegerlo.

-¡No! ¡Si ha de matar a un ser mágico no quiero ser un Mago! –Estaba al borde del llanto. Caspian sonrió y habló sonriente.

-Un verdadero Mago jamás deja que ocurra.

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X.10 COSECHA BRUTAL

El mago se aventuró a cortar cabezas. Rodaban, sangrantes, anegando el suelo de la ciudad con manantiales de carne coagulada. Ya estaba bien de ilusionismos y trucos de buhonero. Ya estaba bien de barbas blancas y sombrereros gandalfianos. Era la hora de las cuchillas. Era la hora del truco más difícil de todos: dejar la calle limpia. Cosecha de dolor y odio. Cosecha de cerebros vacíos y corazones podridos. Y con un mandoble forjado en Arallú, el mago se aventuró a segar cabezas. Y la masacre fue ubérrima. Los lamentos de los mediocres resonaron por entre los humeantes callejones. Las ratas se dieron un festín en las cloacas. El hedor de los cuerpos putrefactos apelmazó el aire. Pero tras la noche de la carnicería, la ciudad vio un nuevo y limpio amanecer. Bendito momento en que el mago se aventuró a cortar cabezas.

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X.11: El elemental de carbono reposó sus densos brazos sobre los tejados y contempló el horizonte. Otros como él eran vomitados sobre el asfalto desde miles de incensarios automóviles para luego alzarse hacia el cielo, bamboleando sus corpachones de oscuras partículas entre los edificios. Eructó un gruñido de satisfacción en un idioma muerto y acarició a una bandada de palomas.

En las aceras, los trasgos esquivaban tormentas de pies mientras recogían envoltorios, periódicos y colillas con los que erigir un trono a su monarca. Sus voces de bisagra sin engrasar se mimetizaban entre el bullicio y hacían burla a los perros que cambiaban

súbitamente la dirección de su paseo para perseguirlos. Sobre ellos, las hadas batían sus alas de aluminio y celofán, de policarbonato y celulosa, viajando sobre corrientes de datos entre las grúas.

Liaram la Encantadora contempló aquel fantástico escenario y sonrió satisfecha. Su mentor tenía razón. La muerte de los árboles, la pérdida del hogar ancestral de los druidas, no traería consigo el fin de la hechicería sino el principio de algo nuevo. Cambiarían.

Sobrevivirían.

Rio para sí, acomodó los auriculares en las orejas y continuó su periplo por aquel mundo demencial, vibrante y bullente de vida.

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X.12: Otra explosión cercana a su escondite hizo que el joven se estremeciera. Estaba oculto tras un inmenso cubo de la basura, pero había entrado en un callejón sin salida. Apenas hacía un instante dos hombres le abordaron y intentaron obligarle a acompañarles. Se deshizo de ellos usando su "don" y comenzó una persecución por las calles de esta urbe.

- ¡Quiénes sois!- gritaba desesperado con lágrimas colmando sus ojos - ¡Qué queréis de mí!

Otra explosión desplazó parte de su escondite. El joven respondió alzando un escudo invisible en su posición.

- Has de venir con nosotros. Sé razonable y evitemos esta lucha sin sentido – gritó uno de sus perseguidores - No pueden existir gente como tú sin control ni formación. Nosotros cuidaremos de ti y le daremos respuestas a esas preguntas que te acompañan desde siempre.

- No parecéis demasiado amistosos – la ironía del joven no lograba esconder su temor – Me he desenvuelto bien sin vosotros y vuestra ayuda.

Otra explosión destruyó su defensa...¡no quedaba defensa alguna!

- De acuerdo, salgo – dijo el joven mostrando sus manos por un lateral de su escondite.

Cuando estuvo frente a ellos, cerró un momento los ojos y emitió una llamarada gritando: ¡Libertad!

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X.13: Se movía entre el mar de gente parada con fluidez, sin detenerse a contemplar el gesto congelado de sus rostros. Las migas de pan que un anciano había arrojado a las palomas se mantuvieron flotando sobre las cabezas de las aves que ahora parecían tan petrificadas como las estatuas que solían frecuentar. El único hombre en movimiento llegó a su objetivo, una llamativa pelota de colores chillones atrapada en mitad de un rebote en medio de la carretera. La cogió y depositó en los brazos de una niña que iniciaba la carrera en la acera, acompañando esto con una breve caricia a los cabellos dorados y una sonrisa que sabía que nadie podía ver. El mundo volvió a su frenético ritmo con la sensación de haber dado un frenazo. Un coche atravesó a gran velocidad la carretera emergiendo de un cambio de rasante mientras una bonita niña rubia miraba extrañada la pelota que tenía en las manos. Habría jurado que se le había escapado hacía un momento...

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X.14: ¡MIS LIBROS DE MAGIA NO!

Cuando cruzó al otro lado del portal mágico, Tirias apareció en una extraña ciudad. Se vio en medio de una calle ancha, repleta de esbeltas construcciones que cubrían el horizonte. A su alrededor, varios hombres y mujeres gritaban y corrían; huían, perseguidos por los ejércitos que debían de haber sido enviados para capturarles: guerreros con yelmo y escudo que deshacían sus filas y, empuñando sus armas, corrían tras sus víctimas.

-Y tú, ¿de dónde has salido?

Tirias miró hacia atrás. Se encontraba en uno de los flancos de aquel grupo uniformado. Varios soldados se giraron y avanzaron hacia él, siguiendo al que había hablado. El hechicero sujetó con fuerza su vara, consciente de que no tardarían mucho en atacarle. Dejó caer la bolsa al suelo y parte de su contenido quedó a la vista de todos ellos. Vio cómo observaban sus libros de magia y pensó que desearían apoderarse de los hechizos que guardaban.

-Déjame ver esos libros –ordenó el soldado, dando un paso más.

Tirias apuntó con su vara y pronunció el conjuro. Inmediatamente, un poderoso fuego alcanzó el arma rival, convirtiéndola en un puñado de cenizas.

-¿Lo habéis visto? –gritó el soldado-. Este cabrón ha derretido mi porra.

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X.15: Hacía tiempo que había descubierto lo que era. Su magia era peligrosa y por ello debía hacer algo, pues temía que hiciese daño a alguien más.

Muriel era una maga poderosa, más de lo que Rerien hubiera deseado. La había cuidado, había curado sus heridas y por desgracia la había amado. Ella, a pesar de amarle también, había tomado su decisión. Había decidido matarle.

Rerien se defendió como pudo de los ataques de la que había sido su amante, pero acabó malherido. Un golpe más y acabaría muerto. Entonces no encontró otra solución.

Con un gran esfuerzo se levantó del suelo como pudo y alzó su espada. Con un acto reflejo la hoja de su espada silbó frente a él, entonces algo le golpeó en el pie izquierdo.

Bajó la mirada y allí se encontró con la cabeza de Muriel. Apartó la mirada rápidamente, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Sí, la había amado con toda su alma, pero no se arrepentía de lo que acababa de hacer.

Había terminado con la magia negra que amenazaba la ciudad, pero por un precio demasiado alto. Rerien cayó al suelo de rodillas, moribundo, sabiendo que ese también era su fin.

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X.16 CRASH

La bala se acerca. Directa a mi frente, lo sé. No me moveré. Unas décimas de segundo y la cabeza me estallará en mil pedazos, corrompiendo de masa encefálica el límpido asfalto que a esta hora de la madrugada decora las calles de la Ciudad Alma. Pero todavía tengo tiempo, aún me resta un poco para poder esbozar mi sonrisa más ladina. Será un bonito final, el final con el que siempre soñé. Llevo tiempo esperándolo. Toda una vida dedicada al hallazgo del conjuro definitivo para terminar siendo asesinado después de sus primeros efectos devastadores. Así soy yo, esa fue mi opción tras entrar a formar parte del Gremio. Odiado y admirado por igual, mis colegas de oficio temieron que llegara este momento, rezando para que el objetivo no se viera jamás cumplido. Rezos baldíos, en todo caso, como se ha podido comprobar hace escasos minutos. La Torre Hechicera hundida desde sus cimientos en mitad del Cónclave al que me negué en rotundo a asistir. Ni un solo mago con vida. Tan solo mi persona. Yo. El único. El definitivo. El último. No más magia. La nueva civilización racionalista impondrá al fin su tiranía. Adiós. ¡¡¡¡Crash!!!!

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X.17 A pesar de las alfombras que tapizaban el suelo, un frío cortante se coló bajo el abrigo y le llegó a los mismos huesos. Anthony resopló, y una tenue vaharada se disipó frente a él.

Pedazos de papel pintado colgaban de los muros. Por las puertas abiertas se distinguían muebles destartalados. Pero, a medida que se adentraba en el edificio, la verdadera naturaleza del hotel se hacía palpable. Al girar la cabeza podía ver las paredes transformarse en listones negros cubiertos de hollín. Retazos fantasmales esquivos, en un punto más allá del rabillo del ojo.

Profesionalmente, admiraba la capacidad de los nigromantes para encontrar espacios poblados por esencias espectrales vagabundas. Y este, además, había establecido su nucleus maleficorum sin esperar a que quedase abandonado. Muy ambicioso.

Un rastro de energía etérea chisporroteó a la entrada del salón de conferencias. Ya había comenzado el ritual para absorber las esencias atrapadas allí.

Anthony se quitó el abrigo, empuñó la sica dibujando un arco dorado en el aire y disipó los hechizos para ocultar su presencia. De inmediato, los tatuajes rúnicos comenzaron a destellear bajo la curtida piel en tonos purpúreos.

—Hora de hacer limpieza —susurró, invocando los poderes druídicos de su estirpe.

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X.18: Actuaba en el Gran Teatro Indómito. Cientos de personas se desparramaban ordenadamente en el patio de butacas envueltos en un murmullo incesante. Las luces se atenuaron hasta dar paso a una silenciosa oscuridad; el telón de terciopelo carmesí comenzó a elevarse dejando ver un escenario vacío; y tras unos tensos segundos y una sobrecogedora explosión de humo apareció entre los densos girones grisáceos del ambiente la figura esbelta, fina y elegante del mago, acompañada de un sonoro aplauso. Comenzaba la función... Un increíble desfile de magia jamás visto que dejó perplejo a todo el teatro. Nadie, absolutamente nadie, se percató de las complicadas trampas ni movimientos rápidos de manos para ocultar los trucos del espectáculo. Una noche realmente agotadora. Al llegar a casa, el mago prendió la chimenea con un chasquido de dedos, iluminó la estancia tras unos susurros, un vaso de whisky levitó rápido hasta su mano mientras con la otra acercaba el sillón donde se dejó caer. Si, él poseía poderes, pero esos conjuros nunca supusieron un reto para él. En realidad admiraba la capacidad para engañan al ojo humano mediante burdos trucos sin hacer uso de su potencial, y aquella noche lo había vuelto a conseguir. Sonrió.

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X.19: Era difícil distinguir magia de tecnología. Pocos eran capaces de esgrimir la primera, pero muchos los que invertían sus recursos en aparentar que la controlaban: nanobots que simulaban hechizos, implantes que simulaban poderes,... Pero existía un hombre que había logrado fusionar con éxito ambas disciplinas, ganándose la admiración de algunos y el odio de muchos. Sus milagros superaban cualquier proeza anterior, pues la mezcla de sortilegio y software era perfecta. Además, sus actos siempre eran en pos del bien común, actuando por altruismo, algo inaudito en aquellos tiempos. Las facciones interesadas pronto se unieron: magos de la vieja escuela y auténticos tecnócratas aunaron esfuerzos para eliminar aquella molestia. Lo consiguieron. Crearon una trampa ineludible, una cruz que anulaba cualquier brujería o rutina informática conocida. Vendido por uno de sus alumnos, el cual le propuso colocarse en aquel artefacto como parte de un supuesto experimento, fue asesinado sin posibilidad de protegerse tras crueles torturas. Aquel hombre único dejó una huella imborrable. Durante años, sus coetáneos aseguraron haber visto clones suyos, alentados a promover su recuerdo y su historia durante generaciones...

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X.20: "Dan las cuatro, el frío húmedo de la noche de invierno comienza a traspasar el abrigo, la gente ya ha abandonado esta parte de la ciudad para aglomerarse en el puerto, donde su fiesta continúa; lo que no saben es que en las antiguas calles adoquinadas (que hace unos momentos inundaban con paso tambaleante) es donde tendrá lugar la auténtica juerga."

El joven perseguido se veía rodeado a ambos lados del callejón, sopesando su situación de desventaja sacó las manos de los bolsillos, sabía que el espacio era demasiado estrecho, pero sus acosadores no le dejaban otra opción.

-¿Quiénes sois y qué queréis de mí?- Dijo preparándose para lo que se le venía encima.

-Ya deberías saberlo, esta es mi ciudad y tú so...- Su discurso fue interrumpido en cuanto vio que se le venía encima la pared de la izquierda. Pared que pasó a ser un montón de escombros que cubrían la callejuela, sumergiendo a todos sus ocupantes salvo al joven que, con la mano izquierda al cielo y la diestra aguantando una pequeña porción (aún en pie) del muro, recitaba en susurros palabras de otros mundos.

No estaba herido, consiguió desviar con su poder todos los ladrillos.

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X.21: De montura un rayo y su trueno, contundente relincho. Apareció un hombre, sólo, con traje negro. Uno sobrio y sin corbata. Los atónitos agentes lograron reaccionar, pero fue fútil. Unos ademanes de su diestra despejaron su camino de humanos y proyectiles.

Ahí estaba, el edificio donde esa reunión tenía lugar y... Él. De pie, quien fuera uno de sus mejores aprendices, le esperaba con expresión grave.

–No intervenga, maestro –dijo–. Alguien debe poner límites.

–Pretenden legislar sobre fuerzas de la naturaleza –le replicó, tranquilo–, es ridículo. Y tú lo sabes.

Insalvable era el desacuerdo que los separaba.

El aire giró violento alrededor de ellos, impredecibles chispas brotaban ionizando la atmósfera. Apenas se les distinguía entre las ráfagas enceguecedoras que se arrojaban, pero fue algo breve.

Un pestañeo y el hombre de negro aumentó cien veces la gravedad sobre su contrincante. Otro gesto más y su rival mordió el asfalto, chamuscado por un haz de energía. Se acercó, sin prisa, y le habló.

–La magia es salvaje. Recuérdalo siempre.

Después se dirigió hacia la entrada del hotel, pero el derrotado aún tenía fuerzas para gritarle.

–¡Maestro!

–Tranquilo... Sólo quiero hablar.

Accedió al interior, sonriendo pícaro. Arcos voltaicos chisporroteaban entre sus dedos.

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X.22: EL FIN DE LA MAGIA

Alan no las tenía todas consigo.

Su mentor le había enseñado bien, le había preparado para cualquier eventualidad, le habían marcado a fuego el credo de la orden, pero lo que no le había dicho era que tendría que sacrificar una pequeña parte de su propia integridad para completar el rito.

Cuando acabo de conjurar el ente y pagar su precio Alan se disponía a saborear el resultado y lamentarse por algo de todos sabido; hoy día la magia está acabada. Pero el era un mago de la vieja escuela y prefería el método tradicional, a pesar de saber que podría conseguir el mismo resultado con una jodida aplicación de su Smartphone al módico precio de 79 céntimos. Que injusto es este mundo en el que cualquier paleto puede obtener aquello por lo que el había sacrificado una parte de su alma.

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X.23: "Cric Crac Crric Craac craac". ¡Jodeeerrr, lo es!, es el sonido que produce una cucaracha dentro de mi caja de cereales. Sabía que este día llegaría. Soy una agorera para los acontecimientos más ordinarios. ¿Cucarachas en mis cereales?, lo sabía. Alguien no cierra bien la caja de las narices y, hala, el bicho se coló. Me he acojonado, claro, pero recuerdo que me propuse mantenerme fría la próxima vez que intuyera una cucaracha cerca de mí. Así que, calmadamente, me asomo a la abertura. Me extraña que la bicha no trepe por las paredes del envoltorio. Se queda ahí, quieta en un rincón entre la bolsa llena de 'Chocapics' y el cartón, como mirándome. -Qué...- le digo. Como si pudiera entenderme... -¿Te dejamos salir?

Me sorprendo de mi calma, la verdad, siempre me han producido un asco incontrolable estos insectos, que en mi hogar ostentan dimensiones prácticamente mamíferas. Me mira, efectivamente me observa. La duda queda fulminada cuando me contesta:

-Claro, tía, tú verás. No vas a matarme. Eso sería crueldad hacia los animales.

Me dedica una sonrisa quitinosa. ¿Sonríen las cucarachas?

-¡Cagüenla...!- Ya es malo tener cucarachas en casa, pero peor es tener magos. Quién me mandaría mudarme aquí...

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X.24: PODER Y TERROR

Javier miró al diminuto ratón que había frente a él. El terror en sus ojos le era conocido.

Durante años había disfrutado, gracias el poder que le otorgaba el dinero, torturando a sus empleados. Citándolos en su despacho, amenazándolos de diversas maneras y esperando sus reacciones. Lloros, amenazas, súplicas,... todo aquello le excitaba sobremanera. Uno de ellos hizo de niñera de su gato durante meses hasta que decidió despedirlo y, tras suicidarse días después, Javier sintió algo más parecido al orgullo que a la lástima.

Sin embargo el siguiente no mostró terror, ni lágrimas. Casi ni reaccionó. Solo unas palabras: "Eres insignificante como un ratón".

Javier quiso reírse, pero el hecho de que aquel empleado fuera hechicero, que el hombre que se suicidó fuera su hermano, y que los ratones no tienen la capacidad de reír se lo impidieron.

Ahora todo su poder quedaba reducido a aquel ratoncito que contemplaba frente al espejo de su despacho. Por primera vez le aterró pensar en su futuro, el cual apenas duró unos minutos.

Mientras su propio gato abría sus fauces para devorarle, algo le resultó muy familiar: El rostro de aquel que sustenta el poder y pretende aniquilar a su indefensa presa.

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X.25: Aplausos peregrinos tras un burdo juego de naipes. Murmullos al guardar las cartas y abandonar el escenario. Tras el espectáculo, la ciudad se caló en sus huesos al compás sereno de los pedales de la bicicleta. Recordó la reunión. Sería esa noche pero aún tenía tiempo para la licorería, siempre había tiempo para ella.

La botella voló del estante al abrigo antes de que el hindú pudiera echarle de allí. No estaba a favor del hurto, pero habría sido un robo pagar quince dólares por esa ginebra. La siguiente parada era el parque Strauss. Allí, con suerte, encontraría entre cartones al viejo Gary.

–¿Irás? –pero Gary estaba más pendiente de apurar el trago que de darle una respuesta. Años atrás, cuando los magos todavía no suponían una amenaza, dejó de importarle todo, hasta su magia.

Un templo en las afueras era el lugar de encuentro. Eligió la última fila. Por delante sólo diez o doce personas, jóvenes en su mayoría, expectantes.

–Mañana nos levantaremos. Quien no se una a nosotros se considerará un enemigo más –las palabras del líder arrancaron sonrisas ladinas entre los asistentes.

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X.26: MALDICIÓN

Todos sabían que el edificio entero estaba poseído. No embrujado, porque cuando al señor Cannavah le engancharon la mano en la trituradora de residuos o cuando la señora Sminki soltó, por un quemazón inexplicable, el carrito del bebé mientras aguardaba en lo alto de las escaleras, no quedaron dudas de que el edificio era ahora propiedad de un inquilino cabrón tan poderoso como invisible.

Tras pelearse con las autoridades municipales, dar por imposible al viejo párroco y maldecir al vendedor de exorcismos embotellados, no tuvieron más remedio que contratar mis servicios y aceptar mis condiciones: tres kilos de fresas, mucho café, una foto de cada inquilino y mucho dinero.

Por tres días, el demonio y yo jugamos al gato y al ratón. Al quinto día, tras un rifirrafe que me costó dos dedos, conseguí acorralarle.

─Estás perdido ─me chillaba regurgitando su aliento a sándalo y huevos podridos─. No tardarás en ser un espíritu cuya alma paladearé despacio.

─Tu castigo será infinitamente peor ─dije socarrón mientras quebraba la rama de arce bendecida que sostenía en mis manos─. ¿Es que no lo notas?

─¿El qué? ─El cabroncete apenas lo intuía.

─Acabo de devolverte a la vida.

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X.27: AQUELARRE

Ya es plena noche, y la luna llena se alza sobre el antiguo lecho del río que atraviesa la ciudad. Camino por uno de los muchos senderos de aquel parque sinuoso, evitando la luz de las farolas. La noticia me ha traído hasta aquí, rumores de ceremonias misteriosas. Me juego el empleo con esto. O consigo una exclusiva... o a la calle.

Por fin, después de muchas noches de investigación, los veo. Un círculo de figuras vestidas de negro que canturrean bajo un viejo puente de piedra. Me acerco agazapado, cámara en ristre. Pero antes de que pueda disparar, una neblina me envuelve y pierdo el conocimiento.

Cuando despierto, estoy en medio del círculo. Los magos susurran, agitan sus manos. Uno de ellos avanza. Empuña un cuchillo oxidado.

-¿Así que querías descubrirnos? Bien, ahora sabrás cuál es el precio...

Y bien que lo supe. La gente me ve y piensa que soy el mismo de siempre. Pero llevo el sello de los magos grabado a fuego en el pecho, y no soy el único. Cada vez hay más, y pronto nadie estará libre de su poder. Porque quien entra en el círculo del Aquelarre ya no sale jamás...

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X.28: Café y tinta

Justo en el mismo instante en que la última gota de café se desprendió de la cucharilla, y esta caía en picado hacia el centro de la taza, Sofía sintió una singular ráfaga de viento en aquel pequeño bar de Barcelona. Nadie más pareció darse cuenta.

Cuando la gota estalló contra su cortado, produjo unas leves ondas en su superficie, y curiosamente, tras rebotar estas varias veces contra los bordes, en la espuma de su bebida se dibujó un corazón. Entonces estuvo segura, levantó su mirada del periódico, y justo en la barra, fue a dar con esos enormes ojos avellana que tan bien conocía. Los de Sergi. Ambos dibujaron media sonrisa...

Las palabras del titular del día empezaron a retorcerse, hasta que se formó una nueva frase. "Sé que me echas de menos". Sofía se concentró un instante, y tras un sutil gesto de sus dedos, las puertas del local se abrieron de par en par. Sofía las señaló con su mentón. Sergi la miró, incrédulo.

"Mientes..." Dijo el periódico.

Al siguiente instante, Sofía estaba sentada su lado, en la barra. "Tal vez..." dijo ella. Y de pronto le dio un beso del que saltaron chispas.

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X.29 NOCHE RITUAL

Luciérnagas en su mano diestra. Jóvenes y torturados cuerpos de hada desangrándose en su mano siniestra. La cara goteando líquidos oscuros. En sus ojos, el vacío eterno y acuoso de aquel que está conjurando las fuerzas de otros universos. En sus pies, la energía telúrica de una ciudad de acero y máquinas. Una ciudad tétrica y apocalíptica. La ciudad del horror. Y en sus calles, un rito de sangre y maldad. Un ritual arcano y prohibido. Un ritual mitad sexual, mitad sagrado. Los diminutos cuerpos de las hadas, violados y cercenados, proveerían de maná a la ceremonia. El canto del pequeño ejército de clérigos serviría de siniestro motor. Las luciérnagas serían la energía luminiscente que tornaríase violenta destrucción al acabar el hórrido ceremonial. La violencia sin final estaba a punto de desatarse. Dioses negros de un universo sin nombre regocijaríanse aquella noche.

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X.30: ESCARNIO.

Ya estamos otra vez, pienso al abrir los ojos tras una beatífica siesta. El que se cree mi dueño está mirándose al espejo, con su difícil rostro contraído del esfuerzo. Desde mi cómoda posición, bien estirado sobre su túnica favorita, veo como una leve llamarada sale de su nariz. Eufórico, salta de alegría. Yo contengo la respiración, huele a pelo nasal achicharrado.

Él me mira, sonriente y altivo. Yo maúllo, tengo hambre. Abre la ventana. Pretende que me busque yo mismo algo para merendar. Le miro con una mezcla de condescendencia y odio. Debería buscarme otro criado menos perezoso, pero este humano es tan divertido que me cuesta despegarme de él.

Vuelve a colocarse frente al espejo, comienza a musitar extrañas palabras. Qué cansado me tiene. Como escarmiento por su vagancia, al terminar su supuesto conjuro, hago que le salgan un buen par de pechos de madre lactante en la espalda. Así estará entretenido hasta que vuelva de mi impuesta cacería vespertina.

Desde la calle, oigo como chilla, histérico. Sonrío. El día que la humanidad descubra que los auténticos magos somos los gatos se me antoja cada vez más lejano, por no decir inverosímil.

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X.31: Nada más salir del teatro supo que algo no iba bien. Lo seguía una mujer. No quiso girarse para comprobarlo, pero el sonido de aquellos tacones era inconfundible.

Después de varios intentos para despistarla, aquella mujer seguía acercándose. Finalmente se giró. La tenía a menos de cinco metros.

El corazón se le salía del pecho, pero algo le decía que no se detuviera. Invocó un hechizo de paralización, el cual comenzó a brillar entre sus expertas manos.

De pronto sintió que le cogían del hombro con fuerza. ¿Cómo podía ser? No intuyó que se hubiese acercado tanto. No se giró y la mujer tampoco hizo ningún otro gesto.

Se hizo el silencio en aquel momento tenso. Ninguno de los dos hablaba. La luz de su hechizo brilló con más fuerza.

- ¡Espera! – dijo la mujer asustada.

- Habla ahora o no lo harás jamás. – amenazó él con nerviosismo, pero sin miedo.

- Tienes que ayudarme.

El hechizo se desvaneció entre sus manos.

Se giró y la vio por primera vez. Su rostro cubierto de sangre, y unos ojos negros que daban escalofríos.

- He matado a toda la gente del teatro, y tú eres el siguiente, ¡Ayúdame!

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X.32: Evaluación.

El señor Carfax, dhampir de ascendencia y mago de profesión, siempre fue un incomprendido; cuando le sorprendieron profanando tumbas y decapitando cadáveres, fue enviado a un psiquiatra para que lo evaluara. Acudió a la consulta vestido a la moda victoriana; nadie le oyó tocar el timbre, pero le encontraron en la sala de espera. La doctora, sin embargo, era persona materialista y cabal, cuyo dogma se basaba en el pragmatismo. En silencio escuchó los desvaríos del señor Carfax, e hizo caso omiso de los poderes que el mago afirmaba poseer. Cuando, finalmente, le preguntó por qué lo había hecho, Carfax se encogió de hombros, y respondió que se trataba de un trabajo para el hada de los dientes.

¿El hada de los dientes? Menuda estupidez, pensó la doctora. En su libreta apuntaba la medicación más potente que podía recetar legalmente, cuando la puerta se abrió; el engendro antinatural que apareció se puso hablar con Carfax, mientras se llevaba a las fauces un puñado de dientes diminutos y los masticaba con el ansia de un drogadicto.

La doctora se recetó aquel medicamento a sí misma; prefería vivir aturdida por las drogas a aceptar la existencia de la magia.

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X.33: El artífice Primigenio

- ... Trescientos dos... trescientos uno... trescientos...

Así cuenta desde la cornisa el primigenio artífice de los cimientos, mientras las líneas de asfalto se abren como una enredadera negra y marcan el efluir de los diferentes transeúntes. Él, como todos los de su especie, vive y trabaja solo. Lo impone la regla: "Sólo un fruto madura de la semilla-demonio".

A través de impensados sacrificios consiguió una "Semilla del Ocaso". La plantó cerca de un río y vio crecer el mega-organismo que los micro-seres llaman "ciudad". Desde entonces entregó todo su esfuerzo a cuidarla, y estudiar su intrincada composición a base de vidas. Un trabajo duro y sutil. Cierta vez lo vieron absorber agua por sus manos, derrumbar un puente haciendo crujir su mandíbula y disolverse en murciélagos al instante. Entre el estupor, sólo un micro-ser pudo nombrarlo: "Un mago..." dijo. Lo recuerda y sigue la cuenta.

- ... doscientos dos... doscientos uno... doscientos...

Ya casi es momento. El caos adquiere forma, orden. El conteo se precipita, la "ciudad" está a punto, brilla con el dolor, los amoríos, las traiciones y hazañas. Satisfecho, el tiempo le pertenece, y sabe que pronto tendrá su recompensa. Espera una cena digna, un fruto precioso.

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X.34: Del oscuro callejón surge una silueta, sin duda femenina. Camina con una gracia felina. El contoneo de sus caderas con esa cadencia erótica y mortal promete placer y dolor a partes iguales.

Me sacudo mentalmente en un intento por centrarme, y olvidar cómo el cuero del pantalón se ciñe a sus piernas.

Soy un cazador, un mago. No debería estar fascinado por su tez nívea o por la estrechez de su cintura, debería estar ingeniando mil y una formas de acabar con su existencia en este plano.

Me concentro, listo para pronunciar el conjuro de paralización, cuando noto una fuerte presión en la muñeca.

¿Qué es lo que deseas? Esa pregunta estalla en mi mente, susurrada por una melosa voz. Me muerdo la lengua para frenar la respuesta que acude rauda a mi boca.

No hay más alternativa. Matar o morir.

- Siempre existe una tercera opción-. Dijo a la vez que mi muñeca era invadida por un férreo dolor.

Rabia e impotencia me oprimen al darme cuenta del acuerdo no verbal al que hemos llegado. Estoy vinculado a un demonio. El ansia de poder me ha consumido.

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X.35: Retozan y se retuercen alegremente, las sombras.

Viven formando parte de la luz. Algunas se alimentan de tal modo que pueden a llegar a transformarse en algo físico, en algo letal.

Arrastrándose por el suelo detrás de sus pies, la sombra, copia su luz, se la traga. Es un Doppelgänger.

Muchos siguen con la idea de llevar gruesos grimorios con las formulas y los conjuros, personalmente, prefiero seleccionarlos en mi iPod y recitarlos como el que tararea una canción. Eso hago. Pero no he debido formular bien, porque la cosa se ha comido la luz y la sombra y es, al menos, un Virfachgäger.

Cruzo los dedos y maldigo para mis adentros. El ser abotagado y enorme expedía rayos oscuros por su putrefacta boca. Sus enormes ojos saltones de un blanco cadavérico me atravesaron. Busqué en la lista un nuevo conjuro. Apenas tenía segundos. La cosa empezó a abalanzarse contra mí. Me concentré en las palabras que tenía que pronunciar y no en la mole que se me venía encima: "...Hölle Erbleichen". Al abrir los ojos, la víctima estaba en el suelo, y el único recuerdo de la abominación, era un enorme charco purulento en el suelo.

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X.36: La Iniciación

Soy Ettore, mi cabello escasea, mi rostro está surcado de arrugas y la visita de la Virgen para llevarme al eterno descanso está cada día más próxima, con solo escuchar mi nombre, los hombres más bragados pierden el sueño. Soy el Don de la familia Spirito, y mi palabra lo es todo.

No defraudes mi confianza depositada en ti y demuestra que ya eres digno de llevar este apellido que te dio mi hijo. Sé un "uomini d'onore".

Para ellos no somos más que una panda de "spaghettis" con armas, su ignorancia es nuestra mejor defensa.

Somos la mano ejecutora de Dios que los persigue. Todo se reduce al poder, y tal como decimos en la familia, el fuego se combate con fuego.

Ansían control, pero los sicarios de nuestros Consiglieres controlan a muchos y sabemos siempre que hacen. Buscan enriquecerse, pero nosotros nos adineramos con sus vicios. Ansían poder y con nuestro poder los cazamos. Nos convertimos en lo que son ellos, solo para poderlos matar mejor.

Así que toma este libro y aprende sus métodos para seguir nuestra sagrada lucha, tal como tu padre y yo hemos hecho contra este mal que desgarra el mundo.

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X.37 (35) El portal

Corro por la acera, el pecho me va a estallar. Los esbirros de Magnus se acercan. El aire está electrizado, no tardará en llover. Me duele todo el cuerpo, pero tengo que ser fuerte y huir; tengo que concentrarme en levantar de la entropía un portal que me lleve a un lugar seguro. Me tiembla la voz, las palabras del conjuro se escapan como el agua entre los dedos. Tengo que ser fuerte, tengo que salvaguardar el pergamino de Montreal. Mi maestro me lo ha encomendado poco antes de morir, debo protegerlo a toda costa; pero no soy más que un aprendiz. Escucho acercarse a los pequeños eferits convocados por Magnus. El sudor recorre mis sienes. Concentro mi mente, trazo las líneas en el aire con mi dedo índice, pronuncio las palabras con cierta dificultad: Intramundis, sforzzatta, vilicuae. Nada sucede. Repito el conjuro, los eferits se acercan. Todo se funde de un resplandor blanco y muy brillante, mis manos supuran una magia color violeta.

Cuando despierto me encuentro rodeado de diablillos, me muestran sus fauces hambrientas, sus ojos de odio. El conjuro ha fallado parcialmente, reconozco este lugar y no es un sitio seguro precisamente: estoy en el infierno.

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X.38 (36) Van a matarme, y yo miro hacia el Duomo, más allá del brasero del sol poniente, y sólo pienso en las sombras que ruedan a mí alrededor. Justo al volver los escalofríos, escucho un rugido, que me asalta como una puñalada. Pero no ha sido tal, y miro hacia la calle desde la cornisa en que me siento, un coche que parece recién sacado de fábrica cruza convirtiendo mojados adoquines en espejos. Los llaman escarabajos, pienso, recordando esos amuletos que solía colocar sobre los difuntos tantos siglos atrás.

Pero enseguida veo que, como siempre, una luz solamente puede proyectar sombras. Tiempo de enfrentarme al asesino. Me deslizo hasta la calle, notando el avance a mi espalda, la certeza de otra presencia. Da igual las veces que me vuelva, nunca lo veo.

El conjuro no detecta nada. Pierdo el aliento, no sé dónde está. Creía tenerlo. ¡Es frustrante! No, un reflejo en un escaparate, y sin pensar el estallido de electricidad inunda la calle. Salvo que noto el impacto contra los cristales. Un fallo, no había nadie. Las esquirlas me envuelven como lluvia. Y entonces me doy cuenta. Sólo me hace falta un espejo para ver el rostro de mi asesino.

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X.39 (37) Despertó como quien entra en una pesadilla. Con sumo esfuerzo logró incorporarse hasta quedar sentado en el borde de la cama. "¡Joder, qué resaca!". Le atacó entonces un borroso recuerdo. Se miró las manos, se frotó los dedos y notó el cosquilleo. "Mierda, he usado magia". Cuatro meses y diecisiete días había logrado mantenerse limpio. Se dejó caer de espaldas sobre el colchón. Su supervisor no iba a estar contento.

Una llamada al móvil lo había llevado allí. Hacía dos días que, en un momento de flaqueza, la había vuelto a agregar al Facebook. "Ahora tengo que contestar". Había accedido a verse en el antro de siempre; por fin se sentía fuerte para volver. Le extrañó que nada hubiera cambiado. "Hogar, dulce hogar".

Llama a su supervisor. Le cuenta que ha quedado con ella; que no iba a beber; que no iba a hacer magia; que del segundo chupito no pasaba; que solo iba a hacerle magia a ella; que ha recaído. Sabía que era ilegal. Sabía que era peligroso. Sabía que no lo haría más.

"Al carajo. Nos ilegalizan, nos marginan y nos condenan a la clandestinidad. Renunciar a mi magia es negarme a mí mismo. Soy mago."

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