El Hombre Lobo. Joe Johnston.
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- Created on Sunday, 14 February 2010 13:31
- Published on Sunday, 14 February 2010 13:31
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Corren malos tiempos para los monstruos clásicos de la Universal, que a la postre vienen a ser los monstruos clásicos de toda la vida. En lo que llevamos de década, hemos visto al mismísimo Drácula representado como un príncipe gitano con pinta de chapero, a sus descendientes vampiros convertidos en mariquitas moñas que brillan como la purpurina a la luz del sol, a hombres lobo que más parecen cachorritos de labrador depilados. Con este panorama, ya iba siendo hora de que alguien nos trajese un monstruo como mandan los cánones; uno de los que acojonan y llenan la pantalla de sangre, sin gilipolleces. Por suerte para todos, ese alguien es Joe Johnston, y la película que ha devuelto la dignidad a los monstruos de la Universal se titula “The Wolfman”. “El Hombre Lobo”, para entendernos. Gracias le sean dadas.

Bien es cierto que a priori la cosa no pintaba muy bien. Cambios de director, de efectos visuales, de compositor de la banda sonora, rodaje de nuevas tomas añadidas a pocos meses de su estreno. Todo tipo de noticias que hacían temer lo peor sobre esta nueva revisión del mito del licántropo, que así a lo tonto, y como quien no quiere la cosa, lleva más de década y media sin asomarse por las pantallas con una aproximación decente. Dudas todas ellas que se disipan en cuanto uno le echa la vista encima al prólogo de “El Hombre Lobo” y se da cuenta de que, por fin, las cosas van a tomar el rumbo que deberían. En un principio, la película iba a ambientarse en la época actual, pero con la entrada de Johnston en el proyecto, y manteniendo a Benicio Del Toro como protagonista, la cosa pronto se enfocó hacia el clásico de Lon Chaney, que es el verdadero canon cinematográfico del hombre lobo.
Vaya por delante que no estamos ante una obra maestra del séptimo arte, por lo que quien espere ver en esta película algo de resonancia comparable a la del “Drácula” de Coppola quizá pueda salir decepcionado. Pero calidad y buenas hechuras le sobran a este producto, además de aroma a cine de terror clásico, cuando el cine de terror, además de asustar, era una experiencia estética tan siniestra como hermosa. Nada que reprochar en el aspecto visual, absolutamente sobresaliente tanto en materia de ambientación y vestuario, como en todo lo relativo a lo fantástico. Magnífico el maquillaje del maestro Rick Baker, como era previsible, si bien cabe lamentar que a los productores les hayan faltado huevos para dejarle superar la ya mítica transformación de efectos artesanales que hizo para “Un hombre lobo americano en Londres”. El director Joe Johnston (que empezó su carrera como técnico en FX) y el propio Baker estaban dispuestos a hacer al menos una las transformaciones del hombre lobo a la manera clásica, pero finalmente no podremos ver ninguna de ellas en el filme, sustituidas por un CGI tan correcto como poco sorprendente.

Lo que sí que sorprende, y además de forma grata, es el nivel de violencia que esconden las entrañas de este hombre lobo. Por fin un monstruo capaz no solo de dar miedo (le esperan un par de sustos incluso al más curtido) si no también de montar verdaderas sangrías cada vez que saca a pasear las garras. Tripas desparramadas por el suelo, miembros cercenados y mutilaciones de todo tipo (a destacar las del “autobús” en las calles de Londres) están a la orden del día en esta película, quizá no muy apta para estómagos sensibles, aunque a favor de Johnston hay que decir que ha sabido encontrar el equilibrio justo entre el festival gore que una visión actualizada del mito exige, sin sobrepasar los límites del buen gusto.
Y es que, por encima de todo, Joe Johston es un artesano notable que ama su oficio y los géneros que trabaja. Por eso, su hombre lobo está muy marcado por influencias tan entrañables como evidentes, y uno no puede más que sonreír al encontrarse en el poblado de los gitanos, al ver cómo el inspector Abberline (magnífico Hugo Weaving) persigue a una amenaza aún más escalofriante que la de Jack el Destripador, o cómo el hombre lobo encarnado por Del Toro aúlla a la luna llena encaramado sobre una gárgola, en los tejados de Londres. Su hombre lobo no es sobresaliente, porque como cineasta Johnston nunca ha sido sobresaliente, pero es muy probable que jamás se haya alejado del notable, lo que como cimientos para una carrera no es moco de pavo, y su última película es un perfecto acompañamiento para un hipotético programa triple de terror al estilo clásico, con el “Drácula” de Coppola y el “Sleepy Hollow” de Tim Burton, a las que no supera, pero de las que tampoco desmerece.

He podido leer ya en internet que este hombre lobo es fallido. Que no basta con ofrecer un producto de calidad, si no se trabajan también sorpresas a nivel de guión o giros de tuerca que eleven el canon a otro nivel. No estoy de acuerdo. Si un producto de género tiene calidad, está hecho con respeto al material y al espectador, funciona como entretenimiento de tal modo que sus dos horas se te pasan en un suspiro y está arropado por unas interpretaciones y una dirección de lo más solventes, a mí me basta. Y más en los tiempos que corren. Lo demás son pataletas de webmasters y bloggeros que solo quieren llamar la atención sobre sí mismos, fundándose una imagen de tíos selectos e inconformistas. No sé ustedes, pero lo que es yo estoy hasta los cojones de estos últimos. En el fondo me entristecen, porque han perdido la capacidad para disfrutar y sorprenderse en un cine cuando lo ocasión lo requiere. A mí aún me gusta pasarlo de miedo, con miedo. Y con esta lo he disfrutado como un crío.









